Blog de Miquel J. Pavón Besalú

Desvaríos escritos en cualquier hora intempestiva de la noche

Etiqueta: líquido

Con mucho: ‘Soley, Soley ….’ y después de mucho: ‘Tic, tac, tiqui, tiqui, tac, tic, tac ….’ llegamos a la cima

ESTA CRÓNICA RELATA LAS HAZAÑAS QUE LES FUERON ACAESCIDAS A NUESTROS ONCE CABALLEROS DURANTE UN CAMPAMENTO INVERNAL DE CUATRO DÍAS EN LA SERRANÍA DE GREDOS.
Día 9 de noviembre de 1981.
Efectivamente. Así ocurrió. Miguel unos días antes había descubierto el “acueducto”. Era impresionante. Todo encaja. Todo lo previsible está a favor. Disponíamos de un fin de semana alargado con un lunes. El nueve de noviembre es la fiesta de La Almudena que es la patrona de la villa de Madrid. Las predicciones meteorológicas pronosticaban, como muy pronto, un cambio del tiempo para el lunes o el martes. Correspondía a unas noches con la Luna llena. Resumiendo. Todo a favor. Había que salir de excursión.
El plan a desarrollar era clarísimo. Desde muchos días antes estaba ya todo previsto (esto es lo que se debe decir siempre). El equipo organizador se ocupaba de todo.
El primer plan, fabuloso, era que: Nacho F., Quique A., Pablo L-P., Álvaro G. y Miguel irían en un coche a Sepúlveda. Es una zona que conoce muy bien Quique y es un lugar muy apropiado para realizar acampadas de varios días. El segundo, más ambicioso si cabe, fue ir a Granada en tren o Land Rover y con mucha gente. El tercero, reduciendo costes, fue ir a Gredos. ¡Bien! ¿A qué sitio de Gredos íbamos a ir? … Sólo Miguel lo sabe (mejor dicho: podía saberlo).
El jueves hacemos una reunión para preparar y explicar el plan. Ya se concretaron los últimos detalles. Vimos la gente que quería salir. Se resolvieron todas las dudas y se fijó la salida para las siete del día siguiente. Quedaba por detallar el medio de transporte pero esto no alteraba el plan a efectuar.
El viernes a primera hora Miguel pide las comidas para la excursión. Después se pone al teléfono para confirmar los horarios de autobuses y de trenes. Con los datos en la mano, el mapa de la zona, un mapa de carreteras nacional y una calculadora al son de la música de Super-Tramp repasa mentalmente el plan y pondera los posibles imprevistos que pueden suceder. Es una locura.
A media mañana llama Pedro L. para decirle que disponemos de la casa de sus parientes en Ávila pero que no puede dejarnos el coche. ¡No todo tenía que salir bien! Con las últimas noticias en la cabeza, preparo las cosas para la excursión y me voy a comer.
Por la tarde ya suceden las cosas muy rápidamente. Idas y venidas. Voy a buscar la tienda de campaña que falta y una mochila. Digo que volveré pronto y me voy a por las comidas que me las sacarán preparadas a media tarde. No están. Muevo hilos y me aseguran que estarán para las nueve de la noche. Vuelvo. Meriendo con Alfonso S. y al final no se decide a salir. Hablo con el padre de Chimo y me dice que me deja su coche para la excursión. Estupendo.
Noticias frescas. Quique A. se ha puesto enfermo esta misma mañana. Mariano R. ha ido al punto de encuentro y como no ha encontrado a nadie ha cogido los trastos y se ha ido a casa. Luego, por teléfono, dice que saldrá con el grupo que marchará al día siguiente. Jesús E. tenía el 99% en contra el día anterior por la tarde, el 51% en contra por la noche y en aquellos momentos había un 100% a favor de posibilidades. Tanto era así que allí estaba como un solo hombre. Miguel Ángel S. sin que le hubiese dicho nadie nada se había enterado y estaba allí dispuesto a ir a donde fuera preciso. Fenomenal.
Eran las nueve pasadas. Pusimos todas las cosas en el coche y nos fuimos al lugar donde habíamos quedado para juntarnos. Llego. Cuento los que van a salir y … ¡es evidente que no cabemos todos en el auto! Veo a: Xema L-P., José Mª G., Curro M., Gabriel E., Jesús E., Chimo G., Nacho F., Pablo L-P., Rafa S., Miguel Ángel S. y a mí marchándonos a la estación de tren de Chamartín ya que no hay otra forma de ir tanta gente que no sea en medios públicos. No cabemos todos en un coche.
Las mochilas y el material de excursión siguen en el coche del padre de Chimo. Resulta que Gabriel se ha ido con su padre a casa a recoger el carnet de familia numerosa que se le ha olvidado. Los demás vamos a esperar el autobús. Gus se ofrece a esperar a que llegue Gabriel, a que saquen la comida de una vez por todas y marchar luego, a la carrera, a la estación con el coche, las mochilas, Gabriel y algo de comida. En medio de todo este caos, que se contrapone a cosmos (orden, armonía, …), se ofrece el padre de Gabriel con una furgoneta Mercedes a llevarnos a todos a la estación. ¡Total! Que cambiamos todas las cosas de coche y con el acelerador a fondo llegamos a la estación a las diez menos veinte. Resulta que a las diez sale el último tren para Ávila. Ya estamos en el vestíbulo de Cercanías rellenando todos los vales para que nos hagan los descuentos por familia numerosa.
Voy a la ventanilla y nos dicen que no es allí. Esos billetes se despachan en la taquilla de venta anticipada. Dos gritos y ya estamos corriendo hacia allí. En el camino nos dicen que es un expreso que va a Gijón y, por lo tanto, más caro. Tanto da. Ahora ya no podemos echarnos para atrás. Llegando a la ventanilla nos dicen que hay otro que sale a las diez y veinte y que el de las diez ya lo hemos perdido. Al acabar de pulsar nuestras teclas en el ordenador se oye en la estación, por los altavoces, que el tren que va a Gijón tiene todas las plazas de sentado y de pie ocupadas. Habíamos sido los últimos.
En el tren nos hicimos amigos de todos. Esto, sin embargo, no fue motivo para que alguno de nosotros consiguiera asiento. Ya venía escrito muy clarito en el billete: “este viajero no tiene derecho a asiento”. Se rió de la nota hasta el revisor. Eso sí de pagar lo mismo que los demás. No lo entiendo. Creo que todos los viajeros del tren pasaron por nuestra zona de pasillo. Unos buscaban el bar, otros se habían equivocado de clase, otros no tenían asiento, otros iban al vagón contiguo, … Dada la enorme afluencia de gente nos pusimos a jugar a varias cosas. La que gustó más era que se formaba un pasillo de gente y el que pasaba por él tenía que acertar quién le daba un manotazo. Otro fue que nos tumbábamos en el suelo, como si se durmiera, y reírse de la gente que pasaba con sigilo para no despertarnos. También hicimos pasillo a la gente que pasaba con la misma pose que una jura de bandera. Jejeje! ¡casualidad! al poco rato pasó un militar de verdad tan o más cachondo que nosotros y simuló que hacía un reconocimiento médico de las tropas con un “sony”. Con tanto follón pasó lo que tenía que pasar y hubo que calmar los improperios de las abuelas cascarrabias y demás personajes que por lo visto querían conciliar el sueño. Por lo que se entiende resulta que nosotros echábamos por los suelos sus propósitos.
Poco antes de llegar a Ávila Pablo y Nacho ante la enorme cantidad de gente que pasaba por delante nuestro con latas de bebida se encaminaron hacia el bar. Hacía muy poco rato que lo habían abierto. A todos los que pasaban les pedían algo para beber. Viendo la jugada una tierna señora les preguntó:
– “¿Cuál es vuestro problema?
Y al unísono le contestaron:
– “La sed”.
Entonces, sin mediación de más palabras salieron del monedero 75 pesetas que tardaron muy poco en ser invertidas en la compra del líquido elemento. Una vez dieron buena cuenta de la Mirinda vinieron a contárnoslo los muy puñeteros.
A las dos horas llegamos a Ávila. Después de cruzar la ciudad “to tieso, to tieso” y, siempre y cuando, vayas a la izquierda o a la derecha en sus debidos momentos llegamos a la casa que nos habían dejado. Llegamos cantando y gritando canciones populares.
Las 12.30 de la noche. Emilio ya nos ha oído de lejos y nos ha abierto. Hay un problema. En Ávila cortan el agua por la noche. No podremos apagar la sed hasta mañana. Sin embargo, nos atiende estupendamente en todo lo demás. Nos enseña el lugar dónde podremos dormir y las otras dependencias de la casa. Después de cenar y de una guerra de sacos Miguel apaga las luces pasadas las dos de la noche.
La ciudad se despierta con la llegada del agua. Son las ocho de la mañana. Es un nuevo día. Nacho y Chimo desean salir a pasear pero no lo consiguen ya que la puerta está atrancada. Eso sí, las duchas empiezan a funcionar. Y en otra habitación ha empezado una batalla campal para ir abriendo boca.
Una vez todos duchados y desayunados se decretó que había un rato libre. La mayoría lo aprovechó para visitar la ciudad. Al principio cada uno fue un poco por su cuenta pero a media mañana nos reunimos para continuar la visita turística.

En la entrada de una de las Iglesias le dice un vigilante a Miguel que para entrar hay que pagar dos pesetas por persona. Después de una rápida conversación nos hace desistir de ello y probar suerte en otra. Vamos a la Iglesia de Santiago y también tiene guarda. Como vemos en un cartel que dicen misa a las once intentamos entrar sin pagar con la excusa de que queremos ir a la misa. Pero … según el guarda el sacerdote que decía esa misa se había muerto. Todo es ya un poco kafkiano por lo que debemos concluir que el horario de misas debe ser algo anticuado. Es una ciudad sin orden ni concierto. No se aclaran ni los mismos habitantes entre ellos. Preguntamos a todos y acabamos corriendo de un lado para otro. Como en Ávila lo que hay para ver son todo Iglesias de pago acabamos en las puertas de otra. En esta otra tampoco había misa. Nos hemos equivocado de nuevo. Pero … y ¿esa gente que hay dentro? Son de un entierro nos contesta con cara de circunstancias su cobrador. Total que como no nos ofrece ya mucho divertimento las escenas que devinieron optamos por marcharnos a pesar de que muchos excursionistas nunca habían asistido a un acto de estas características y resulta que no se lo querían perder. Acabamos en la plaza mayor de la ciudad. Aprovecho para comprar un carrete de diapositivas. Y decidimos ir a estrenarlo a las murallas puesto que el Sol estaba en su mejor momento.

Cansados de saltar, correr y posar para la cámara de Miguel nos fuimos a comer. Teníamos que hacerlo temprano para que nos diera tiempo a organizar toda la expedición y llegar a tiempo a la estación de autobuses.
Nos despedimos de Emilio. Se le notaba en la cara su alivio. Dejamos todo el peso que nos fue posible en la casa y con los disfraces de montañeros puestos nos fuimos a la estación de autobuses a primera hora de la tarde.
Cojimos el autobús que nos llevaría a Arenas de San Pedro y engañando al revisor y a los pasajeros nos pudimos instalar en la parte de atrás del autobús.
Aquí destacaron Pablo y Nacho que dieron el do de pecho. Estaban todos los viajeros asombrados. No sabían qué éramos. Unos debieron creer que éramos un grupo musical y otros, pocos, que éramos excursionistas. La verdad es que nos cantamos todas las canciones de la radio. Nos preguntaban a dónde íbamos. Los chicos contestaban que a Gredos y ante lo absurdo de la respuesta, puesto que ya estábamos en Gredos, dejaban de insistir sobre este tema. Las canciones eran a varias voces y nosotros mismos vocalizábamos los instrumentos musicales que la orquesta requería para la tonadilla. Yo con mi acusada timidez hice ni más ni menos que de presentador y animador al igual que los de la radio al resto del público del autobús.
Ha quedado para la posteridad como canción de la excursión la que dice algo parecido a:
“En la parada del autobús / tic, tac, tiqui, tiqui, tac, tic, tac
y al picar el bono-bus / tic, tac, tiqui, tiqui, tac, tic, tac.
Un cigarrillo de fumar / tic, tac, tiqui, tiqui, tac, tic, tac
para calmar mi ansiedad / tic, tac, tiqui, tiqui, tac, tic, tac
mi corazón se pone a palpitar / tic, tac, tiqui, tiqui, tac, tic, tac
y no lo puedo remedia-aaaar.”
Después de muchos giros a la derecha e izquierda, de subir y bajar, después de decenas de kilómetros e innumerables pueblos llegamos a Arenas de San Pedro. Era ya media tarde. Nos lanzamos en busca del panadero y de algún establecimiento que despachara vino. Cruzamos el pueblo y al final, allí, en la otra esquina conseguimos cinco barras de pan y un litro de vino que fue directamente a la bota.
A las ocho estábamos en marcha. Conocíamos ya a todos los pueblerinos. No se veía a un palmo de nuestras narices. Érase una noche a unos excursionistas pegada. Fuimos hacia Guisando siguiendo la carretera. Algunos se empecinaron en llamar al pueblo cocinando. Será, quizás, que no entienden bien el nombre. Unos meses más tarde me enteré que era el famoso pueblo que tiene eso de los toros prehistóricos. A los señores lectores no les sé decir si realmente eso es cierto o no ni si son tan interesantes como dicen ya que yo, personalmente, me dediqué al llegar a abrir latas debajo de la luz de una farola. Y dí tanto yo como los demás una buena cuenta a lo que había en el interior de las chapas. Seguimos hasta un lugar en el que los del Icona tienen un campamento. Estábamos a poco tiempo de la plataforma. Miramos a ver si nos podíamos colar en alguna cabaña pero como no había ninguna abierta plantamos la tienda de campaña y preparamos la sopa. En la sopa pusimos un ingrediente nuevo que unos lo llaman “barco” y otros “submarino” según sea la capacidad de inmersión del mismo. Los dos Miguel se instalaron un vivac al lado del fuego. Es el colmo del “morro” supongo yo: no sólo nos metemos en el terreno del Icona y plantamos una tienda sino que encima hacemos fuego y no nos dice absolutamente nada nadie.
El tiempo sigue inmejorable. A las nueve estamos en pie y a las diez y cuarto lo tenemos todo recogido, habíamos desayunado, nos habíamos lavado y proseguíamos la excursión.
Objetivo: llegar a comer al refugio Victory de los Galayos pasando por la cumbre de La Mira. El plan inicial era haber llegado a dormir allí pero esto nos fue imposible dadas las condiciones del camino que llevaban a él y por el enorme desnivel que nos quedaba por recorrer.
Al poco rato de empezar a andar se paró un coche preguntando por un lugar conocido por la “cabra”. Como no sabíamos lo que era ni a dónde era le recomendamos que subiera hasta la plataforma y allí se lo podrían indicar mejor. Se nos ofrecieron a subirnos las mochilas e incluso cupo alguno de nosotros. Llegamos a la plataforma y allí había una magna cabra en un pedestal. Cuando me dí cuenta estaban todos subidos allí y querían que les fotografiara. Creo que alguno se llegó incluso a colgar de los cuernos.

En la plataforma hay un refugio. Pero el refugio Victory estaba muy lejos aún. Pasando por las construcciones de la zona quisieron tirar algunos petardos pero fueron pillados con las manos en la mecha. Entonces fue cuando empezó la gran caminata. Anduvimos por un río seco, lleno de rocas, por el que estuvimos poco tiempo al encontrar un camino mejor algo más arriba y a nuestra derecha. Era más fácil de andar por él pero el cansancio ya empezaba a notarse. Seguimos. Después del bosque cambió el paisaje. Se divisó ya el refugio y toda la sierra de Gredos de esta zona. El refugio Victory estaba enfrente nuestro. A simple vista daba la sensación de estar en un sitio inaccesible. En realidad está justo en la ladera de La Mira. A la derecha va apareciendo todo el Galayar con esas paredes que desafían a cualquier escalador. Veo muy impresionante al Torreón cuya escalada por su cara norte está conceptuada como de máxima dificultad y fue conquistada por primera vez por Teógenes Díaz en 1934. La Torre Amézua, junto con la Aguja Negra, es una de las más bellas del Galayar y su cara oeste es también una de las más difíciles abierta en 1968 por Gerardo Blázquez y Rafael de Miguel. Aparte de las mencionadas las agujas de más difícil ascensión son el Gran Galayo de Puerta Falsa, que es la más alta, el Pequeño Galayo, el Galayo o Risco de la Ventana, la Punta Tonino Re, el Diedro de la Punta María Luisa, la Aguja Gemela Sur, la Punta Margarita, la Aguja Desconocida y la Aguja Nueva.
Poco a poco íbamos acercándonos al refugio. Desde la plataforma empezábamos a ir más acompañados. Se notaba por la gente que había que era un domingo correspondiente a un puente largo.

Faltan unos 40 minutos para llegar al refugio. Llegamos a una bifurcación. Se puede llegar a La Mira directamente cruzando el río Pelayos y si no se cruza se llega directamente al refugio. Nuestro camino va a complicarse un poco puesto que transcurre a través de unos pedregales. El grupo estaba fraccionado. Algunos ya casi en el refugio mientras que a los demás nos queda todavía un buen tramo. Detrás vamos cuatro Rafa, Xema, Jesús y yo que cierro siempre la comitiva. Andaba algo preocupado por lo que estaba viendo y oyendo. Eran las dos y media. Seguían ahora, imponentes, las paredes de los Galayos a nuestra derecha. Se veían cordadas progresar en ellas y en las vías conocidas había un grupo de aprendices dirijidos por monitores de algún club de montaña. En algunas de las vías se llegan a ver hasta cuatro cordadas evolucionando a la vez.
Observo. Escucho. Reflexiono. Me hace pensar todo lo que pondero que puede ocurrir un fatal desenlace. Lo comento con los demás y seguimos avanzando. ¿Qué se puede hacer? ¡Nada! Pero es que la situación es evidente. Lógica. Ya es tarde. Al poco se oyen voces de socorro. Ha sucedido. Nos enteramos de las primeras noticias por un grupo que baja corriendo a dar la alarma al pueblo. El resto de nuestro grupo, que ya estaba en el refugio, ha visto la caída perfectamente. Los que vienen conmigo no entienden qué me ha hecho deducir y predecir lo que ocurriría antes de que sucediese y el haberlo hecho con tanta rotundidad.
Al poco tiempo está todo el mundo ayudando a bajar el accidentado para llevarlo al pueblo. Por los gritos de dolor del herido nos damos cuenta de la magnitud de las heridas. Ha caído casi 80 metros. La ha salvado, si se salva, la cuerda que le dejó colgando a un par de metros de las piedras del suelo. Rebotó mucho en la pared. En nuestro pensamiento hay un sincero deseo de que todo tenga un desenlace feliz. Después de colaborar en lo que pudimos, comimos y reemprendemos la marcha hacia La Mira. A las cinco de la tarde todavía no había llegado ningún grupo de rescate a la bifurcación citada anteriormente por lo agreste del terreno.

Nosotros estábamos en un collado que no era el que queríamos y para colmo estábamos agotados por el esfuerzo realizado. Nos tomamos unos melocotones en almíbar y bajamos un poco para ir más a la izquierda. En la cumbre de La Mira vimos cómo empezaba a oscurecer. Memorizamos el camino de regreso y descansamos todo lo que quisimos. La Mira se llama así porque resulta que existe en su cumbre un torreón troncocónico utilizado en tiempos pasados para el telégrafo óptico que lo pusieron allí dada la extensión de terreno que desde allí se domina. Es también un vértice geodésico.
Desde la cumbre vemos las altas cumbres del circo de Gredos y del de Cinco Lagunas. A lo lejos se ve una granja que no parece que esté muy lejana y trataremos de llegar hasta allí puesto que nos puede servir bien de referencia.
Y se nos echó la noche encima y nos aplastó. Pasamos descaradamente por delante de unos toros bravos y alguién tuvo que salir corriendo porque no se le ocurrió cosa mejor que tirarles un par de buenas pedradas. Se lo tiene bien merecido.

Nos pusimos a bajar y con muchas peripecias llegamos a la carretera que conduce a Hoyos del Espino. Por la carretera comprobamos el tiempo empleado en recorrer un kilómetro. Exactamente son once minutos considerando que era bajada y que íbamos a un buen ritmo de marcha.
En las orillas del Tormes pusimos un nuevo campamento. El fuego esta noche no quería arder. Gabriel consiguió que tuviéramos sopa a base de soplar las brasas insistentemente. Molidos y con frío acabamos acostándonos el resto. Un nuevo vivac y arriba.
A las seis estábamos levantados y a las siete en la parada del autobús que nos llevaría a Ávila. Estuvimos esperando casi una hora. Una broma de muy mal gusto. Todos nos movíamos para no congelarnos de frío justo al lado del bar Gredos de Hoyos del Espino. No nos quedaba nada para comer. En el autobús esta vez se durmieron todos. El viaje fue para recuperar fuerzas y vitalidad. En Ávila ya nos conocíamos la senda a cojer “to tieso, to tieso” y después de comprar el pan llegamos a la casa. Estaba Emilio, nuestro sino, que nos preparó un desayuno que se recordará para siempre no por lo rico que estaba sino más bien por lo poco que sobró. Lo recojimos todo y nos fuimos a la estación. El tren estaba a punto de salir. Mientras se subían las cosas lo más pausadamente que pudieron yo compraba los billetes. El taquillero se lió con las prisas. A cambio de los billetes que nos despachó le dimos el dinero que quedaba de la excursión. Nos habíamos quedado sin un duro.
En el tren lo único que se puede resaltar es que dejamos las cuentas claras con la RENFE y que enfadamos de verdad al revisor. Seríamos algo sospechosos. Viajábamos en la parte final del tren que iba a Madrid Norte y resulta que los billetes eran para Madrid Chamartín. Chimo, que aún le quedaba humor para hacer travesuras, se había escondido en el cuarto de baño. Le dí todos los billetes al revisor y cuando éste quiso ver las fotocopias de familia numerosa empezó el lío. Había dos billetes con una reducción del 50% y un único viajero con la fotocopia correspondiente. De hecho ese billete era uno comprado de más pero no avancemos acontecimientos. Para aclarar el “gracioso” que se estaba colando repartimos a cada viajero su billete. Chimo, para aumentar el mosqueo del pica-pica, en el reparto sale del cuarto de baño para coger su billete. Sorpresa. Para el revisor también tenemos billete. Sobra uno pues el segundo con descuento del 50% se lo damos al acalorado buen hombre de recto quehacer en su tarea de revisar y encontrar maleantes que viajan sin pagar. Cachondeo, follón, aplausos, risas. El enfado, como es de suponer, llegó a extremos insospechados y nunca vistos en la empresa ferroviaria. Con ánimo de ser un viajero ejemplar organizo la situación. Todo el mundo en fila india y quietos en posición de firmes. Empezó a continuación un rastreo profundo por todos los rincones en busca del viajero escondido. Como llegó a la verdadera conclusión de que no existía se procedió al repaso uno por uno de cada billete expedido y realizando el acto supremo de picar el billete una vez comprobado que todo estuviera en perfecto orden. Como estamos en fila, cada uno con su billete, fotocopias y demás a presentar el revisor se puso en el pasillo y procedió a realizar su tarea. Para ello acordamos que una vez esté todo comprobado el viajero podrá proceder a entrar en el vagón y despejar el rellano intermedio. Nacho entra con su chequetren, todo correcto, no tiene que tener billete ya que el chequetren es lo mismo que un billete. Yo y Curro entramos con los billetes del 40% de descuento y la fotocopia correcta. Chema y Pablo también lo tienen todo correcto y tienen sus billetes normales. Rafa y Miguel Ángel tienen billetes con el descuento del 40% de descuento cuando en realidad sus fotocopias al estar mal sólo pueden tener un descuento del 20% por lo que deberemos pagar la diferencia. Anótelo. Chema y Jesús entran con billetes de ida y vuelta, un descuento del 25%, pero resulta que no estan sellados por el taquillero de la estación así que los debe sellar el revisor para que esté todo correcto. Chimo tiene la fotocopia caducada y aunque le vale el descuento practicado deberemos pagar una multa por ello. No se le olvide, apunte y siga. Gabriel lo tiene todo correcto. Sorpresa. Efectivamente, sigue sobrando un billete por lo que le rogamos nos devuelva su importe. Total que una vez aclarado todo empieza a sumar y restar acabando la cosa en que le debemos trescientas pesetas. Y empieza otro problema. No nos queda dinero. La discusión llega a límites inconcebibles a la mente humana. Pero un rayo de luz aparece por la ventanilla y le da de pleno en el cogote de Gabriel que no se sabe porqué pero resulta que empieza a revisar frenéticamente los bolsillos de su mochila y aparecen milagrosamente justo las trescientas pesetas que nos hacían falta. Le damos el dinero y quedamos en paz. La RENFE es eficaz.

Como no tenemos dinero no tenemos más remedio que ir andando desde la estación Norte hasta la Moncloa para coger el autobús. Resulta que la suerte nos acompañaba y entre todos los bono-buses que teníamos nos llegó para pagar un viaje para cada uno. Eso sí al final de la parada tuvimos que andar de nuevo y cruzar todo un barrio a pie para poder llegar a casa justo una hora más tarde de lo previsto gracias a la efectividad del transporte público. Cuando nos recuperamos del esfuerzo por la tarde ya empezábamos a recordar las horas pasadas y a pensar en la próxima oportunidad de huir del mundanal ruido.
© Miquel J. Pavón i Besalú. Año 2.002.

Sangre, sudor, lágrimas, rayos y truenos en el Besiberri Nord (3014 m) por la arista Peyta (NE)

Día 18 de septiembre de 1979.
Estamos desayunando debajo de los arcos y seguimos esperando. El Sol todavía calienta mucho pero se nota el frescor del mes de septiembre: el mejor mes para hacer ascensiones ya que se juntan muchas condiciones favorables, los glaciares están escondidos a gran altura, el Sol calienta durante el día a pesar de que las noches ya son frías y hielan la nieve, hay bastantes horas de luz, …
Quedamos Miguel y yo que les esperaríamos aquí hacia las diez de la mañana. Pero cuando acabamos de desayunar Josep Mª y Jordi no han llegado aún con el coche. Miguel va a llamarlos pero no hay respuesta. Aparecen al cabo de dos horas. Han tenido dificultades con los papeles del coche. Después de horas de espera y de incógnita salimos de Girona con un vehículo que no es una joya. El viaje nos lo tomamos con filosofía (estoica ¡naturalmente!). Encontramos camiones en Los Brucs y comemos en La Panadella. Por la tarde hace mucho calor y nos tomamos una cerveza en Benabarre. Nuestro plan era subir hoy mismo al refugio. Al retraso inicial que llevamos hay que añadirle el que se produce al encontrar la carretera cortada antes de El Pont de Suert. Este tramo lo están arreglando. La subida al refugio es muy larga. Hay que dejarla para mañana. En El Pont de Suert compramos algunas cosas. Visitamos a los parientes de Jordi que viven en Taüll y nos reciben afectuosamente como la otra vez. El día empieza a irse.

Decidimos ir a dormir cerca de Caldas y montar la tienda a la luz del día. Cuando tenemos el lugar decidido vemos que la tienda no tiene clavos y que le falta un trozo de mástil. Hasta ahora parece que no hemos tenido mucha suerte. Un día de retraso, el coche tiene algún problema, nos faltan los clavos de la tienda (que los sustituimos por trozos de “boix”) y, ahora, para completar los males el fuego no se enciende ni a tiros. Menos mal que el hornillo sí que funciona. Después de cenar Josep Mª saca la guitarra y alrededor del fuego, perdón, del humo hacemos un rato de tertulia. Hace frío y nos vamos a dormir, con mucho cuidado, no se vaya a caer la tienda. Todo lo arreglamos con sentido del humor.

Día 19 de septiembre de 1979.
Nos levantamos a una hora razonable y hacemos un poco de orden y limpieza. Desayunamos y recogemos todas las cosas con tal de ir a hacer una comida puntual y buena a Taüll para salir bien equipados. Comemos caliente, sentados, un buen plato de judías con butifarra y postre. En la casa dejamos todo lo que no nos sirve para la excursión. El tiempo no está muy claro pero regresaremos a Cavallers. Es una inmensa pared con contrafuertes destacando su majestuosa quietud en medio de una naturaleza salvaje. La presa de Cavallers ha significado para mí el límite entre la civilización y la alta montaña pirenaica de este valle tan agreste. A partir de allí incertidumbre y aventura. En el aparcamiento encontramos unos motoristas de Puigcerdà que parece que están un poco molestos pues se lo han pasado muy mal intentando hacer una travesía. Después de intercambiar unas palabras con ellos bajan por la carretera y nosotros iniciamos con mucha calma la ascensión al refugio. Está calculado entre cuatro y cinco horas de marcha. Bordeamos el pantano hablando entre nosotros hasta la Pleta del riu Malo. Hay unas vacas sentadas que nos miran casi despectivamente sin dejar de rumiar. Por un instante vemos la imponente pirámide del Besiberri Nord que nos deja impresionados hasta que la niebla nos tapa toda la panorámica. Al atravesar una cascada, que nos refresca un poco, comienza una fuerte ascensión por un caminillo tortuoso y poco marcado hasta que desaparece antes de llegar al estanque. Queda bastante colgado y ya desde allí se ve claramente el refugio metálico de la brecha Peyta. Unos grandes neveros quedan cortados encima del agua y la niebla nos deja ver de vez en cuando la cresta imponente de los Besiberris e incluso alguna grieta que hay debajo. El tiempo está muy inseguro y después de coger nieve para fundirla continuamos por un pedregal muy empinado. Josep Mª y yo vamos delante y a mitad de la subida hace patinar sin querer una piedra. No me aparto ya que parece que pasará lejos pero justo el último bote hace que vaya directamente hacia mí y me toca en un puño y en la pierna. Tengo una mancha de sangre pero no deja de ser una rascada algo fuerte. Miguel que acompaña a Jordi, que no se encuentra muy bien, se interesa por lo que pasa y con un grito le digo que no ha sido nada y no se preocupe.
En cabeza ya estamos casi en el refugio. El tiempo está muy inseguro y empieza a refrescar. Estamos a 2805 metros. Josep Mª hace señas y nos comunica que ya ha llegado y que no hay nadie. Acabo de llegar y me quedo impresionado de la situación de este refugio. Se domina todo el valle de la pleta por un lado y por el otro la sierra de Tumeneia y el Estany de Mar. A nuestro alrededor grandes neveros, lagos, crestas … en fin, ¡es sensacional! Sin perder tiempo quiero ver este refugio del que tantas veces había leído unos textos del francés Bellefon. Por fuera es de metal inoxidable, forrado de corcho y después madera. Hay seis literas desplegables con mantas, un botiquín y un armario con provisiones para emergencias.

Acaban de llegar Miguel y Jordi. Hacemos fotos y filmamos. El frío se ha hecho muy intenso y se ha desencadenado una tempestad. Una gruesa puerta que hace ruido a nevera nos aísla perfectamente del exterior. Por una ventanilla entra la poca luz que queda del día y vemos como la noche va imponiéndose.
Abrigados con las mantas estamos sentados en las literas, la nieve se va fundiendo mientras vamos leyendo el libro de registro del refugio y anotamos nuestras observaciones. comentamos que un buen lema para la salida podría ser la famosa frase de Churchill con un añadido personal: “sangre, sudor, lágrimas, rayos y truenos, …”. Las inclemencias de la naturaleza se han desencadenado y me parece que nunca las habíamos vivido tan de cerca. Estamos en silencio, sólo se oye el hornillo, el ambiente es sensacional. Un rayo ilumina de repente el refugio oscuro y, a continuación, el rayo menea toda la construcción. Sabemos que el refugio es bueno pero no podemos dejar de impresionarnos y de inquietarnos un poco. Gauss tiene razón: la corriente eléctrica no ha entrado en el interior del refugio y se ha quedado en el exterior. Pero … ¿seguirá teniendo razón las próximas veces? La nieve ya se ha fundido y se puede hacer ya la sopa. Dejamos una reserva de nieve que se irá fundiendo por la noche. Después de cenar Jordi todavía no se encuentra muy bien y se va a dormir. A alguien se le ocurre la idea de hacer un “cremat” y con su calor fundimos la nieve que queda, nos calentaremos nosotros y el barracón para luego beberlo junto con un té con limón. Aceptamos la idea ya que lo de jugar a las cartas no tiene muy buena acogida. El té lo guardamos para mañana ya que va a ser el único líquido que vamos a tener en todo el día. Esto será un gran problema ya que nuestro plan es hacer la integral de los Besiberris y en todo el recorrido es bastante probable que no encontremos agua. De todas formas, ya veremos si hacemos algo de la forma como está el tiempo. Nos hacemos a la idea del drama que debería ser el de aquellos compañeros que se quedaron prisioneros en estas crestas durante días y que los tuvieron que rescatar. Realmente tiene que ser una experiencia penosa. Nosotros llevamos aquí unas horas y ya empezamos a notar la falta de espacio.
El tiempo va pasando y ya deben ser hacia las diez. El “cremat” es sensacional. Hemos conseguido subir poco peso y a cambio hemos hecho una cena caliente, un “cremat”, un té y no sé cuantos lujos más. Parece que las inclemencias meteorológicas han cesado, me abrigo mucho y salgo. El frío es intensísimo. No se ve ni una sola estrella. El viento no se sabe de dónde sopla aunque lo hace muy fuerte. La panorámica es esta: hace mucho frío, niebla en general, está el cielo cubierto y la roca está húmeda.

Decidimos ir a dormir. En las literas se está muy bien ya que sólo estamos los cuatro y podremos dormir anchos. Con la luz de la frontal todavía escribo unas notas en el libro de registro que es muy divertido. Cuando acabo me arreglo el cojín con ropa. Apago la frontal e intento dormir que, como siempre, lo consigo. La temperatura es muy agradable aquí dentro. Fuera los elementos naturales luchan ruidosamente y el viento choca contra la estructura metálica confiriendo a esta noche un gran ambiente de alta montaña en esta brecha a casi tres mil metros.
Día 20 de septiembre de 1979.
A lo mejor son las cinco. Nos tenemos que levantar pronto para hacer la integral. Miguel se levanta y lo que ve es desesperante. Hace frío y la niebla lo tapa todo. Estamos inmersos en una nube. Regresa a la litera y dormimos una hora más aproximadamente. El tiempo no ha cambiado pero tomamos una decisión: nos pondremos de camino al Besiberri Nord y ya veremos. Desayunamos un poco, al parecer hoy necesitaremos las fuerzas, aunque de todas formas me repulsa un poco comer a estas horas y sólo tomo un sorbo de té. Guardamos las cosas, barremos el refugio y nos ponemos en marcha. Lo que todos pensamos es que aquí no volveremos más o que tardaremos muy poco en regresar. De todas formas no dejamos nada.
Rápidamente perdemos el refugio de vista, hemos bajado un poco para perder un trozo de cresta que tiene pasos de IV grado aunque no tardamos mucho en regresar a ella. Comienza a llover o a nevar. El silencio da un extraño ambiente a esta caravana que evoluciona con marcha calmada. Las fitas son abundantes y las vamos siguiendo. Nos llevan al filo de una cresta y su orientación hace que la sigamos ya que sube directa al Besiberri Nord. Al principio parece fácil, a lo mejor con algún paso de II grado, pero al darnos cuenta vemos que estamos en una cresta muy vertical de grandes bloques de granito. Al moverse la niebla vemos todo el esplendor de la cresta NE que se levanta puntiaguda enfrente nuestro. También vemos por unos instantes la Punta Alta. La niebla vuelve a cubrirlo todo. El avance es lento, constante, con tramos de ascensión verticales y progresando al escalar repisas. Comienza a notarse la sensación de vacío bajo nuestros pies. Menos mal de la niebla que tapa la vista de la caída. Los pasos delicados se van haciendo constantes y muy abundantes. Todos son muy gimnásticos. Esta cresta es cada vez más difícil. Encontramos una plataforma y decidimos reunirnos allí. La vía se pone muy interesante, ya lo dice la guía, pues ahora encontraremos “los pasos de III grado que se superan acrobáticamente“. En esta reunión aprovechamos para hacer un trago y comentar la situación. Aquí abandonaremos el filo de la cresta para avanzar por la vertiente sur. Una serie de canales verticales conducen a la cima. Para pasar de la plataforma a la primera canal hay que hacer un paso muy grande sobre el vacío con extrañas presas. Subimos el canal con pasos de II grado hasta otra plataforma muy pequeña y la cosa se pone negra. Las piedras están muy frías y húmedas. En cada parada aprovecho para ponerme las manos en los bolsillos y calentarlas un poco ya que no me gusta escalar con los guantes puestos. Falta el paso más difícil. Menos mal que no debemos estar muy lejos de la cima. Ha llegado el momento de sacar la cuerda. Miguel se la ata, se quita la mochila y empieza a subir. Unos instantes después desaparece entre la niebla y las piedras. Estamos en silencio en la plataforma. La cuerda va resbalando por la roca hasta que se para. Se oye un grito de Miguel que nos dice que es factible. Con la cuerda subimos su mochila y después Jordi y Josep Mª superan este paso asegurados por Miguel. Finalmente me ato la cuerda con el mosquetón de la baga y subo. El primer paso es lo más complicado que había hecho hasta el momento. Te encuentras tú y mochila empotrado debajo de un saliente de roca con presas de mano muy bajas. Se supera este paso por la izquierda. Con una mano hay que buscar una presa encima de la cabeza y ahora es con presas pequeñas con la que hay que recuperar una posición estable y salir de la posición inicial. Es un paso claramente de III grado aunque alguien comenta que incluso de IV aunque yo no lo creo. Eso sí el largo de cuerda no baja en ningún momento del III. Miguel va recogiendo la cuerda y asegurando desde un saliente de roca. Vuelvo a calentarme las manos y hablamos del rappel que habrá que hacer al bajar en el caso de no encontrar ningún otro sitio por el que sea mejor. Unos pasos más y ya coronamos la cumbre.

Lo sabemos porque hay un libro y una placa. Estamos a 3014 metros rodeados de un paisaje impresionante pero que no lo podemos contemplar. El frío no cesa debido a la nula acción solar. Nos sentamos en la cumbre. Nuestro pelo está lleno de gotitas de agua congelada. Hacemos fotos y filmamos. Ya tengo ganas de comer algo. Aquí se decide que la integral no deja de ser un proyecto. Hemos hecho un tresmil y ha sido espectacular por lo que estamos ya satisfechos. De todas formas la bajada nos espera con no pocos problemas. Debido al poco atractivo que presenta la permanencia en la cima decidimos regresar.
No bajamos exactamente por el mismo sitio. El primer paso sigue siendo más complicado de lo que esperábamos. Una chimenea de roca está obstruida por una piedra que sobresale. Este abultamiento tiene una presa en la pared superior. Hay que sentarse a caballo encima de una roca con las manos en la presa y los pies colgando en el vacío. Este paso se hace en diagonal, entrando por la derecha y saliendo por la izquierda. La pierna izquierda se va estirando intentando encontrar una presa extraplomada. El tanteo es agobiante. No veo mi pierna que en el aire intenta conseguir un punto de sostén. Estoy colgado de la punta de los dedos y por nada del mundo me puedo dejar vencer por el cansancio … caería pared abajo. Sí, por fin he encontrado una rugosidad aprovechable. Me sostengo en ella. Aunque la pierna empieza a temblar de cansancio. Rápidamente tengo que encontrar una presa de mano segura. Completamente inclinado hacia el precipicio la mano izquierda encuentra una presa. Traslado el peso del cuerpo al lado que tengo seguro y por fin consigo ver la parte inferior de esta especie de nariz que sobresale de la pared. Por fin he pasado. Descanso un momento. Estoy soplando. Otro paso que supera en dificultad a los que he hecho hasta la fecha. Dudamos si hacemos rappel o no. Como no sabemos hacerlo lo intentaremos sin. Avanzamos lentamente. No se puede hacer ningún paso en falso. Nos intercambiamos consejos mientras bajamos. Todo el rato de cara a la pared. La vía que seguimos coincide en algunos tramos con los de la ascensión. La concentración es total. La niebla sigue corriendo a nuestro alrededor impasible. Los pasos difíciles se suceden con constancia y por eso no recuerdo más detalles hasta el último que fue singular. Probablemente un destrepe de III grado. Es un diedro recorrido por una fisura interior. Había dos cosas difíciles en él. Una era entrar en la fisura y otra, evidentemente, era bajarla. En un primer intento no encuentro las presas adecuadas y es que en primer lugar hay que recorrerla con la vista. Una vez dentro empotro un pie en la fisura y con las manos por opresión me aguanto contra las paredes laterales. Bajada lenta. Por suerte a mitad de la fisura hay una piedra del tamaño de un puño que ofrece una presa magnífica. Faltaba sólo un par de pasos más y se acaba la fisura y la bajada fuerte. Después de un descenso tan lento nos desahogamos saltando a la desenfrenada por el pedregal. La niebla todavía tapa el panorama y perdemos altura a todo correr. Dejamos el refugio metálico atrás y no dejamos de hacerle una mirada a este símbolo de audacia de los conquistadores de la montaña. Un nevero nos lleva directamente al estanque. ¡¡Agua!! al fin agua. Hacemos las curiosas mezclas con olés, bebemos, descansamos un poco y por primera vez podemos gozar de la vista. La niebla va desapareciendo definitivamente. Este estanque está colgado por encima del precipicio y refleja tímidamente la Punta Alta que tenemos, majestuosa, delante nuestro. Y tiene, además, la misma altura que el pico que acabamos de conquistar. Guardamos la cuerda. Sacamos las capalinas y bajamos a la pleta. El descenso se hace muy largo. Comienzan a aparecer las primeras hierbas y más adelante las flores como muestra que vamos entrando en el reino de la vida y dejamos atrás el del mineral y hielo eterno. Las huellas son definidas y se reconoce ya el caminillo que baja en picado al lado del río. Contra todo pronóstico sale el Sol que nos calentará las manos y los cuerpos que empiezan ya a estar agotados. El paso de la cascada refrescadora nos lleva a la pleta del riu Malo donde las mismas vacas que nos encontramos a la ida pastan tranquilamente con su eterna impasibilidad. Nos ven pasar. Ignoran nuestras aventuras.
Los horarios de los autocares hacen que vayamos aceleradísimos. En todo el descenso hemos parado dos veces para beber a pesar de que el Sol empieza a darle fuerte. El pantano de Cavallers se nos hace muy largo. Al fin llegamos al coche. Nos tenemos que despedir de nuestra amada naturaleza.
El coche baja rápidamente por la estrecha carretera a recoger los trastos a Taüll y poder, así, cojer el coche de línea en El Pont de Suert. Allí nos despedimos de Josep Mª y de Jordi. Ellos irán a Andorra. Nosotros volvemos a casa con los medios que ofrecen el transporte público y con un tresmil más en el bolsillo.
Unas veinticuatro horas más tarde llegamos a casa, haciendo noche en Barcelona, mientras que en coche se suelen tardar unas cinco horas. Que cada uno saque las conclusiones que quiera.
P.D. El texto está pasado a máquina dos años después de escribirlo en el momento de inspiración debido a la gran aventura. Tenía 16 años. Por lo que puede parecer que le doy un tono de epopeya a lo que no pasa de ser una experiencia muy buena de montaña. En fin. Esto es un recuerdo personal como puede ser una fotografía.
© Robert C. Año 2.002

Campamento Taga XV: agua constantemente (I)

Una excursión realizada el 18 de julio de 1978.
A pesar de la oposición declarada al deporte del montañismo por grandes sectores de la población gerundense y del mismo colegio, más por ignorancia que por otra cosa, nuestra afición a la montaña no decae y las llamadas para organizar el campamento han sido más numerosas que nunca. Unos días en los que la gente desea pasar el calor submergiéndose casi desnuda en las azules aguas de nuestra Costa Brava sin pensar en las colas que habrá que hacer para poder llegar. Y es que cansarse por cansarse yo prefiero el Pirineo a las planícies. Menos mal que para neutralizar un poco la cosa nos han puesto un Governador civil que el campamento le debe agradecimiento por su jamón y otras delicias del mismo calibre.
PK está levantado desde las tres y todo el mundo llega puntual al lugar de reunión mostrando una cierta impaciencia para abandonar esta muy inmortal y a la vez muy contaminada ciudad de los cuatro ríos. Las ganas se acrecientan más si cabe cuando vemos llegar las cajas de melocotones un tercer domingo bastante caluroso de julio. Los coches se van llenando de cosas útiles y de gente. No encontramos ya respuesta a la pregunta de si falta algo más.
La despedida pasa por la desagradable aduana que es el río Guell rojo de sangre animal que nos empuja a salir cuanto antes a buscar las aguas puras del Pirineo. Antes de llegar a la fuente hemos de soportar el para y avanza de los barceloneses que van a tostarse la barriga a Castelldefels, los relieves suaves y huérfanos de vegetación de la zona de Cabra, el Segre a su paso por Lleida y su complejo piscinícola lleno a rebentar, el río Sosa totalmente seco pero con el recuerdo de una destrozadora crecida que hizo caer el puente que lo cruzaba, la alegre compañía de Pere F. y sus compañeros en Graus bajando del Aneto en un día precioso, la salida de la bajada del Ésera con piraguas, la dura prueba de ir detrás de un tractor cargado de paja a paso de pulga después de ir a velocidades vertiginosas, la compra de una docena de huevos y un pan de menos (compensadas con un bastoncito de más), las advertencias de PK en Benasque, y, finalmente, la cascada que hay llegando a la presa de Senarta que nos anuncia un buen remojón en el puente del Plan de Baños.
Recibidos los primeros encargos, y esquivando a los mosquitos, nos disponemos a poner las tiendas tarea difícil si tenemos en cuenta la gran cantidad de piedras y la inclinación del terreno, en el que nos hemos puesto por un mal entendido. Faena que no habrá más remedio que terminarla con la luz del butano. La cena tiene hoy un tanto de improvisación fruto de otro mal entendido. Pasamos con poca cosa pues tampoco es que hayamos gastado tantas energías a parte de los conductores. En la sobremesa se nota el sueño y otros factores psicológico-físicos por lo que en lugar de contar chistes salen encargos, historias pasadas y avisos para un futuro campamental mejor.
Lunes día 17 de julio de 1.978.
Nos levantamos a las ocho. El agua helada del Ésera despierta nuestro físico. Un par de vasos de leche con chocolate deshecho, galletas y mermelada preparan nuestro estómago para la apretada mañana que nos espera a los acampados.
Los corazonistas han tenido el buen corazón de dejarnos el mástil y sólo hay que desplazarlo y clavarlo entre unas piedras que van de perilla. En la cocina se desarrolla una tarea de búsqueda de losas, limpieza de ortigas, cálculo de la situación del fuego y la instalación de un cordel para colgar los utensilios. Con más pena que gloria avanza la excavación de un hoyo para la basura y la fabricación de una mesa de tal forma que para la comida ya la podremos usar eso sí vigilando no te caiga el cubierto, vaso o catimplora entre el ramaje de su superficie.
Después del café la parábola del niño que rompía geranios saliendo enfadado del vestuario porque había perdido el partido y que fue invitado por el profesor a plantarlo de nuevo me hace pensar que es lo que deberían practicar muchos de los ecologistas vociferantes de hoy día. Los practicantes de la montaña no solemos ir a patadas pero sí podemos utilizar indebidamente el piolet, las manos o la palabra. Sea como sea, con estos pensamientos en la cabeza empezamos a preparar la ascensión al Aneto por el valle de Coronas.
Los que tienen la suerte de hacer el camino hasta Vallhiverna a pie gozan del largo encanto de ver la maravillosa colección de cascadas que cuelgan de los verticales relieves de este valle tan característico. Los que tenemos que sufrir la agobiante prueba de hacerlo en coche con el objeto de subir el material de acampada y las mochilas reciben, para no dormirse, pesadas lecciones de geografía pirenaica y geología lacustre adornadas de comparaciones tan burdas como las que se establece entre el Lago de Banyolas con los de Cregüeña y Llosás. También presenciamos el paso de un rebaño de 2800 ovejas conducidas por dos únicos pastores y dos perros que son realmente algo que pronto veremos extinguir. Prueba de ello son sus quejas hacia el Ayuntamiento de Benasque por dejar pasar vehículos por esta pista y que les hacen ir mal en sus tareas cotidianas.
Con pesadas mochilas y tiendas emprendemos el camino de Coronas a paso calmoso. Tendremos que sacarnos el pañuelo del bolsillo para secar el sudor que nos cubre el rostro. Las peladas y retorcidas montañas de Vallhivierna y Culebras ofrecen un contraste patente con la cascada que ruidosa baja entre la hierba y los matojos del primer ibón de Coronas y las afiladas losas manchadas de nieve de la cresta de Cregüeña.
Un trueno, modesto por su ruido pero funesto por lo que anuncia, es el toque de atención. Algunos se dan prisa para plantar las tiendas pero en realidad no les da tiempo ni a poner la primera. Con la misma destreza que habían utilizado para clavar los clavos se disponen a desclavarlos y salir a esconderse. La tienda bajo una piedra y los que la ponían en una cueva cercana que resultará apta para ver los destellos de los rayos aunque tengo un molestísimo goteo que me va justo a la oreja. Los que vienen detrás sólo han podido llegar a un pequeño montículo que da justo encima del ibón y no nienen mas remedio que tumbarse al suelo con la única protección de su mochila ante el gran viento y pedrizo que les cae. Con el desconcierto se dejan en el lugar piolets, crampones y algún anorak.
Nota del traductor: querría ampliar el dantesco espectáculo que tuvimos… Yo estaba al final de la comitiva. Ni siquiera habíamos llegado al montículo. Teníamos enfrente la cascada que cae del ibón. En el grupo íbamos casi diez personas. La gente estaba más que aterrorizada. Para muchos era su primera excursión a la alta montaña. Se vio clarísimamente cómo el viento llegaba a tener tanta fuerza que el agua de la cascada no llegaba a caer al suelo. El viento huracanado y encajado levantaba por completo todo el agua de la cascada y la subía un centenar de metros con una violencia increíble. Agua por doquier de la lluvia y de la cascada. Un pedrizo nunca visto. Un chaparrón de los que hace historia. A todo esto vociferando espoleaba a la gente para ir al refugio de la cueva. Pero… cuando veías los rostros de la gente se veía claramente la expresión del horror… no avanzamos ni un paso así… hubo que esperar a que amainara… Pero la aventura no acaba así… Continua el cronista.
Pasados los primeros espantos y remojones acabamos todos bajo la gran cueva y nos cambiamos la ropa los que podemos.
Nota del traductor: ¿todos? igual como lo del Astérix… ¿todos, todos? ¡No! Resulta que los ánimos van calmándose bajo la cueva poco a poco y la gente se empieza a organizar. Ha parado de llover. Yo en eso que un no sé porqué cuento a los que estamos allí… ¿y? Pues que me faltan dos. Vuelvo a contar… Sí me siguen faltando dos… Le digo a Robert que disimuladamente cuente él… Y llega a la misma conclusión que yo. Faltan dos. Decidimos Robert y yo no decir nada a nadie. A PK le decimos que nos vamos a mear. Empieza el rastreo… Nada por aquí. Un piolet por allá. Un peazo tienda en esa rama. Una bolsa de comida en unas piedras. Y… ¡Por fin! Nos encontramos a los dos que nos faltaban. Acurrucados. Abrazados. Llorando… ¡de miedo! ¡de terror! Se habían quedado allí inmóviles y allí se hubieran quedado estoy seguro de ello si nadie va a por ellos. Una vez tranquilizados regresamos con el grupo… Continua el cronista.
Cuando para de llover es pronto pero oscurece pronto. Nos disponemos a plantar de nuevo las tiendas cerca del ibón y cenar un poco. Una especie de espanto y sordera acaba adueñando a todo el mundo. Un “broncón” que se queda paradójicamente sin respuestas. Se empieza a trabajar en silencio. Sigue faltando más material. Objetos de valor como los piolets y los crampones son necesarios para poder mañana subir al Aneto. Por suerte dos voluntariosos se pasan parte de la noche rastreando las cercanías y acaban dando con todo lo que falta justo en la cumbre del montículo. Nos ponemos a dormir entre las doce y la una de la noche. Aparecen las estrellas en el firmamento y con ellas la calma que le sigue a toda tormenta.
Martes día 18 de julio de 1.978.
El más impaciente se levanta a las cuatro. Un viento frío te hace venir una piel de gallina. Cuatro estrellas hacen que alguien empiece a tocar un impertinente pito a estas horas tan inoportunas. Nadie hace mucho caso al toque de diana y la verdad es que hacen bien. Finalmente se decide a despertar al jefe con el infalible sistema de hacerle cosquillas y percusión aunque no logra su objetivo a la primera. El viento y el frío han parado. La voz acaba siendo secundada y abandonamos el campamento a las cinco y media. Cuando el cielo se aclara unas nubes finas y no muy dispuestas a moverse hacen acto de presencia por el sur. Las piernas empiezan a enflaquecer y presienten nuevas tormentas como la de ayer. Poco tardamos en empezar a pisar grandes manchas de nieve no muy dura.
La llegada al segundo ibón constituye una alegría muy reconstituyente puesto que además del espectáculo que representan sus aguas azules, heladas en su zona central, comprendo que hemos pasado lo peor, el tarteral de piedra, y que ahora toca el turno a la nieve y a pasear. El tercer ibón es más grande y está totalmente helado. El bacon y la limonada tienen mucho éxito a pesar de que no son tan buenos como otras veces.
La larga subida por nieve hasta el collado de Coronas no se hace excesivamente pesada ya que la nieve está normal incluso tirando a dura en algunos lugares por lo que decidimos encordarnos con una visión del Posets sumamente animadora. El ibón Coronado con el hilo de agua que lo cruza y abandona por un hueco en el hielo viene a ser un oasis en este desierto de nieve y hielo “de dos brazos de ancho y cuatro o cinco de largo” que es el glaciar del Aneto. Llegando a él todavía hace falta realizar un último esfuerzo hasta la cumbre. Las palabras del poeta lo recuerdan y viendo el mar de nieblas con pequeñas islas y levantando la cabeza tímidamente por encima de la Vall d’Aran y del Garona francés me permito pronunciar junto con Verdaguer sus versos…

“los núvols, que voldrien volar sins a sa testa,
si no els hi puja l’ala de foc de la tempesta,
s’ajauen a sos peus”.

Hay una rara calma del aire y eso que estamos por encima de los 3300 metros. El Sol deja sentir su carícia quemando nuestra cara y ablandando la nieve a nuestros pies de tal forma que casi me ahogo al andar en cordada muy lentamente. En las frecuentes paradas me entretengo a mirar la afilada cresta que del Coronas sale hacia la Maladeta y la gran cuenca que se forma bajo su protección, a La Forcanada que sobresale entre las nieblas y el Ibón de Barrancs que parece una gota de agua fundida al pie de un vaso de hielo. Después de estirar la cuerda unas cuantas veces llegamos a la plataforma que hay antes de pasar el paso de Mahoma. Son las once. Hemos de esperar que los grupos que han llegado antes que nosotros pasen este temible accidente geográfico. Una espera que se hace larga sin el líquido elemento y sin nada sólido que poder echarse al estómago. El corto trayecto hasta la cumbre más alta del Pirineo es algo más que entretenido y culmina en la cruz y la Pilarica que lo presiden.
Desde aquí se puede apreciar a la cresta sur que parece asequible junto con las paredes que flanquean el Tempestades. Las fotos de ritual. La alegría es desbordante para muchos que han logrado su primer tresmil.
En la bajada la nieve se hunde más, aunque no en exceso, hasta el collado de Coronas. Encontramos a varias cordadas que justo ahora estan subiendo y una de ellas viene del Coronas que nos explica que allí la nieve está más dura. El agua del ibón Coronado sirve para llenar las catimploras de vitaminas que nos hacían mucha falta y para imprimir un poco de cautela a nuestros movimientos en el siguiente tramo del camino. La cuerda para muchos resbalones y acaba presenciando formas de descenso un tanto peculiares.
Una dosis de preocupación y tristeza nos entra cuando oímos gritos de socorro y pánico mientras vemos caer y chocar con las piedras de la vertical brecha inferior de Llosás a un excursionista que la pretendía bajar sentado cuando nosotros estamos en el segundo ibón de Coronas. Intentamos hacer algo enseguida y en su auxilio pero vemos como los compañeros suyos llegan y nos indican que no es necesario que subamos por lo que marchamos desconociendo la magnitud del accidente. Mientras, los primeros que han bajado han desplantado las tiendas y emprendemos entre fuentes y cascadas por todos los lados la bajada hasta la pista.
Llegando al campamento base las cosas han cambiado un poco para hacer la cosa más emocionante. El río baja mucho más caudaloso y acelerado por debajo del puente de troncos, el viento ha tumbado un par de tiendas y ha repartido por doquier todos los objetos de la cocina. Sacrificamos el baño, ya que el Sol también se ha ido, con el objeto de arreglar pronto los desperfectos y hacer una comida-cena ya que hay hambre y tampoco se va a cocinar nada más. Una nueva tormenta traslada al estado mayor del campamento a Los Baños de Benasque y en el bar se respira un ambiente muy amigal y familiar al ritmo de las melodías de Antonio Machín. En el campamento hay alguien que ha estornudado tan fuerte (no es exactamente así) que ha hecho caer el palo de la tienda y acaban siendo infructíferos los esfuerzos para levantarlo de nuevo por lo que acaban durmiendo con la cosa tal cual. Mañana será otro día.
© Joan Fort i Olivella y traducido al castellano por Miquel J. Pavón i Besalú. Año 2.002.

Pedraforca, victoria inesperada

Una excursión realizada el 30 de enero de 1977.
La cosa tiene su interés. Lo cierto es que no pensaba salir de excursión. Tengo que agradecer a mi buen amigo Miguel que llamara y que, aunque no estuviera en casa, tuviera la valentía de decir un nombre que por sí mismo ya eleva los ánimos y da ganas de desperezarse.
Sábado. El día es espléndido, el viento más bien frío, los ánimos elevados. A las cuatro cuarenta y cinco salen de Girona. En la subida de los Tres Pins el coche no pierde velocidad, preludio de seguridad. Serra Cavallera está blanca por la nieve y las nubes rojizas por el viento. Sant Pau de Seguries respira aires de fiesta aunque un hombre de piel morena y arrugada afirma con un pesar muy elocuente que sopla la tramontana de Núria mientras la gente pasa el frío y alegra el corazón bailando sardanas de finas notas. Los compases de este baile que llevamos tan adentro hacen estremecerse de gozo mis entrañas que se quieren calentar tanto del frío de los pies como del frío de patria. Pero tengo las manos ocupadas de un líquido que también calienta y la espera se me hace larga con tantos deseos y tantas llamas que queman.
Llega Cayetano con aires de superioridad: cuanto más altos más aires. Coches lentos que hacen aminorar la marcha y vómitos molestos la hacen parar: tantas curvas remueven cualquier estómago. Lo aprovechamos para hacer un tentenpié y un traguito de vino. Un corazón contento entona canciones de una voz universal y muy pronto el coche se convierte en un coro. Nos acompañan los estratos que van siguiendo la carretera, ahora casi verticales y agudos, ahora tumbados y bajos. En la Pobla de Lillet la benemérita se calienta en un “foc” (fuego) y el chofer celebra las curvas superadas con un buen “toc” (traguito de vino…). Guardiola guarda al lado de la carretera una obra de aquellas que no pasan. Nosotros sí que pasamos un autocar que va hacia Saldes y cuando alzamos los ojos al cielo vemos alzarse al Pedraforca: “la gloria sube por los caminos angostos” (Ovidio) que nos predice a los corazones temerosos y a aquella alma que sufre lo que ha predicho “la técnica del amor está en conservarlo” delante del adversario más cruel.
Todo el pueblo de Saldes está nevado y los campos parecen camas con la cabecera del Pedraforca sugeriendo un estilo de lo más puro y natural. Las calles de Saldes son una “penca” de hielo aunque la fuente sigue manando: el manantial no se ha perdido, la sangre aún corre…
Son las ocho y media. Mientras cenamos la vista se nos va hacia la tele (Nota del traductor: todavía me acuerdo de la película que vimos… “El Planeta de los Simios”). Finalmente encontramos posada para dormir pero parece aún más difícil el Pollegó que nos vaticina un hombre del pueblo que no lo subiremos. Suarez, este señor que parece muy amable con los catalanes y al que la oposición lo califica de “hombre de buena voluntad”, también vaticina que las minorías terroristas no impedirán el paso hacia la democracia si nosotros la queremos de verdad. Pero recordemos que Carter ya patinó el primer día y nosotros llevamos crampones para preveerlo.
Antes de dormir nuestros cantos y sonidos vocales caldean la habitación. Con el objeto de que la música sea más armónica le damos un chupete a Cayetano para que recuerde que también ha sido niño.
Son las seis y media: ya suena el despertador. Cuando salimos a la calle no falta ni una estrella ni la Luna. Los cristales del coche están helados y la carretera también. Estamos más rato para hacer mover el coche tres metros que lo que hemos tardado en llegar hasta aquí. Mientras unos ponen las cadenas otros ya se ponen los crampones. Empezamos a andar a eso de las ocho y media. El Sol ya ilumina las paredes del Pollegó Inferior y va aclarando los horizontes. Dejamos la carretera y seguimos por el camino del bosque. El día va mejorando y tenemos que quitarnos ropa. Al abandonar los árboles el camino se hace más pesado la nieve se hunde y los ánimos desaparecen.
Desayunamos en unas rocas: el bacon hace su efecto y cambia de dirección. PK pide una naranja y Jaume se la da amablemente. En un vuelo más preciso la mermelada va a caer sobre la nieve.

Seguimos hacia arriba. El camino está marcado y se sube bien. De vez en cuando una ventada nos hace girar la cara. Un árbol seco y muy decorativo se levanta valiente por encima de unas peñas y un pino pequeño y robusto sale del medio de la nieve. Mirando hacia atrás aparte de la pendiente podemos admirar el Berguedà cubierto de nieblas y las cercanías de Saldes nevadas. El último trozo de la Enforcadura está helado y una naranja ayuda a remojar el estómago. Son las once y media.

Después nos encontramos unos que vienen por Gòsol ese pueblecito agrupado encima de un montículo y todo blanco. La última subida se ha de hacer por turnos y el último espolón con las manos y los pies procurando no acercarse mucho a la cornisa. Llegamos arriba a la una menos cuarto. Hace viento. Nos encordamos. Nos vamos. Ya estamos en Saldes. Encontramos conocidos montañeros de Badalona. En Ripoll hay caravana. Gracias por todo, Miguel, la montaña es nuestra.

© Joan Fort i Olivella y traducido al castellano por Miquel J. Pavón i Besalú. Año 2.002.

Grà de Fajol ventolado

Una excursión realizada el 5 de diciembre de 1976.
Diciembre ha comenzado con nevadas y rachas de viento. Un viento que hace revivir nuestras ansias de alturas y como un remolino hace renacer nuestros proyectos. Cadí, Monastero, Montserrat, Monteixo, … todos ellos escapan corriendo de nuestras mentes cuando anuncian que el fantasma de la nieve y del esquí hacen su aparición en las pistas del Pirineo. Es entonces cuando nos conformamos con lo que está más cerca aunque la notícia de la muerte de nuestro entrañable amigo Joaquím Ribas nos hace dudar un momento: la Coma d’Orri ofrece más seguridad.
Las máquinas también se estropean: a los de Palafrugell se les ha estropeado el coche y se atrasan una hora y media. Dormimos en Sant Pau de Seguries. El fogón se enciende y apaga a pesar de que lo venteamos con la mano. Las aceitunas son deliciosas, la sopa nos pone a buena temperatura, la tortilla de espinacas nos fortalece el corazón (Nota del traductor: al igual que al Popeye) y la leche que está de “coña” (llena) nos hace ver las estrellas, … “¡ai làs!”.
Cerca de la estufa comentamos el trabajo salvavidas que los montañeros a menudo tienen que acometer y que los compañeros presentes tuvieron que realizar hace quince días en el Pedraforca: es el interés desinteresado que frecuentemente se pone como virtud del montañero. Un amor espontáneo y natural de esta gran familia que vive en la gran casa que es la montaña y que la frecuenta para vivir una vida más alegre y más segura a la vez que la sabe exponer por un compañero de cuerda. Al igual que dar sangre es vida, dar la mano, la cuerda o un azúcar también lo es y nunca nos hemos de arrepentir. (Nota del traductor: ¡Por cierto! ¿Quien me da azúcar para esta leche tan rica? je!je!je!).
Nos dormimos con la música puesta. El despertador palafrugellense no suena y nos despertamos una hora más tarde de lo previsto, a las siete y cuarto. El agua de los coches está helada y los cristales son como un cubito de hielo. No tardamos en ver la nieve. Subimos con el coche hasta el Pla de la Molina y en el lugar donde los coches ponen las cadenas nosotros lo giramos. Nos ponemos los crampones pero pronto nos los tenemos que quitar. Hay nieve polvo y los árboles a menudo dejan caer alguno que otro copo de nieve. El viento ya empieza a soplar la nieve de las cumbres.

A las diez y media pasamos por el Orri que ha dado el nombre del valle y la nariz de Miquel ya huele a nieve. Seguimos el lomo que sube por el centro del valle calzándonos de nuevo los crampones y atándonos a la cuerda.
En seguida la nieve vuelve a estar blanda y la subida se hace más pesada. Llegando a la Coma d’Orri (el collado) unos remolinos producidos por el viento (el torb) nos quieren hacer volar pero las palabras de ánimos de PK de que no son contínuos sino que llegan a intervalos de tres minutos nos animan a seguir. Pero antes nos comemos una naranja que siempre ayuda a remojar los pulmones y hacer trabajar al estómago con el objeto de que no se encoja ni se congele por inactividad. El viento va soplando y conviene tener una cara muy dura para pararlo. Nos damos cuenta que somos los únicos desgraciados que navegan (Nota del traductor: y no precisamente por Internet en estos momentos) por estos lares aunque parece que hay otros que bajan del Bastiments. En Ull de Ter se ve algunos que esquian y parece que allí tampoco hace muy buen tiempo. Donde estamos nosotros tampoco es que haya precisamente calefacción solar ya que seguramente se ha ido al vernos. Sin embargo, el rato que estamos en la cumbre del Grà de Fajol el viento está calmado y son las dos.

Las montañas no hace falta describirlas porque hablan por sí mismas. Estan todas blancas de nieve a poniente cosa que no pasa en el Costabona que sólo tiene nieve en la cresta. Comemos un poco de chocolate y almendras y nos vamos pitando.
En la bajada hay paradas por averías en las máquinas: un cordón que se desata, una nariz que se resfría, un tropiezo fortuito, un pie que le falta grasa y se enrampa por falta de líquido de frenos o simplemente por una brusca maniobra que hace detener al convoy. Después nos desencordamos y quitamos los crampones y seguimos la marcha. Antes de llegar al coche hemos de cruzar el río que le cuesta a alguien un remojón. Una señora nos pregunta cuánto falta para las pistas ya que no llevan cadenas. Y es que ir a esquiar sin las cadenas es lo mismo que no llevar los esquís. Ir a la montaña sin el equipo adecuado es exponer la vida.
En Setcases todavía hay vacas por las calles pero parece que pronto los coches las echaran fuera (Nota del traductor: es verdad hoy ya no hay ninguna fue una frase premonitoria). De Llanars salimos con el pan debajo del brazo. Para comer hay combinación de judías con lentejas y garbanzos (siplemente se ponen lo de los tres botes juntos) y resulta altamente acertado. A todo este rico potaje lo acompañaremos con el vino, la butifarra, las aceitunas y, en fin y sobretodo, con el hambre.
Datos GPS de los puntos clave de la ruta por el coll de la Marrana
Aparcamiento para ir al refugi d’Ulldeter 31T 439525.33 4697068 2087
Refugi d’Ulldeter 31T 439014 4696831.50 2239
Fuente d’Ulldeter 31T 438614.67 4696903.67 2315.67
Coll de la Marrana 31T 437767.50 4696573.50 2535
Gra de Fajol gran 31T 438210 4696382 2716
© Joan Fort i Olivella y traducido al castellano por Miquel J. Pavón i Besalú. Año 2.001.

2017 - Miquel Pavón