Desde que, hace diez años, mi maestra me introduzco en el mundo de la espiritualidad, percibo los paisajes de un modo muy distinto, siento sus energías telúricas. Sobre todo las montañas se han vuelto importantes para mí. En ellas me curo, me repongo de la mugre y la suciedad de la gran ciudad, dejo que las energías positivas penetren en mí. Por este motivo varias veces al año viajo a Oberstdorf, donde puedo hospedarme en casa de una amiga y en más de una ocasión he guardado allí alguna casa.
En las montañas hay muchas cosas que actúan sobre mí, tranquilizándome y devolviéndome el equilibrio. La vegetación, la fauna, los ríos, el viento, el Sol. Cuánto tiempo ha pasado desde que iba allí con mis inquietudes y no podía soportar esa paz reinante. Todavía me veo ante una manada de vacas, que pastaban con fruición en el apetitoso prado. “¿Cómo podéis soportar esta vida tan monótona?”, preguntaba, “¿no os dais cuenta de lo limitadas que vivís?”. Las interpeladas seguían paciendo incansablemente, lo que no podía censurar. Hoy he llegado a un punto en que podría tenderme junto a ellas, sumida en el sentimiento gozoso que proporciona la paz interior que ya sólo ocasionalmente logra perturbar una inquietud progresiva.
Heidemarie SCHWERMER en “Mi vida sin dinero”.

 

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