Cuando vas por la calle pensando proyectos y te encuentras a tres personas conocidas que tienen la misma «locura» y te acribillan a preguntas sobre lo que estabas pensando te sobreviene una especie de trauma y acabas concluyendo que todos sufrimos el «mal de altura». Entonces, profundizas en la enfermedad, te sosiegas y pides explicaciones. Sigo mi camino pensando en lo que me han dicho y los otros continúan el suyo mientras escrutan el cielo van configurando mentalmente el mapa de la excursión.
Las notícias del hombre del tiempo oscurecen un poco la idea inicial pero el Sol del viernes por la mañana que luce al salir de la cama la iluminan de nuevo y contesto afirmativamente mi asistencia. Me ato los cordones con optimismo.
La salida se retrasa notablemente: soldados que tienen guardia, coches con ruedas desinchadas, pueblos que no están en el mapa … Jaime y Miquel tienen que acabar comiendo en las Ferias. Paco, Miquel, Joan y Ferran lo hacen en casa. Pere y Josep al lado del Estany de Banyoles lugar del que saldremos a eso de las cinco de la tarde bien pasadas.
Como nos acordamos de Cayetano vamos a Camprodon a buscarlo. Lo encontramos «in fragantis» apalancado en el sofá y al abrirnos la puerta se queda como helado. Pero resulta que el mal de altura también lo afecta y se decide venir con nosotros. Prepara la mochila y presentamos la víctima a su padre que no tiene ni tiempo de darnos una contestación.
En Sant Joan de les Abadesses el viejo puente vuelve a levantarse fuerte y altivo sobre el Ter y en Ripoll el monasterio iluminado parece que recobre la vida. La carretera de Pardines invita a remover el espíritu. Encontramos a muchos excursionistas en la carretera que levantan un dedo. Pero cuando llegamos a Pardinas resulta que está todo lleno. Jumic tiene a cuarenta personas en un pajar. Finalmente la insistencia de Pedro y su dolor de cuello logran que tengamos una habitación. La cena parece que entra mejor cuando todos los estómagos atacados por un subconsciente colectivo que exclaman enfurismados «… la gallina ha dit que no, visca la revolució …» y entonando «el darrer cant d’en Siset». El cuchillo de Jaume se abre y cierra mágicamente. Quim pide no hacer humo. Fuera en la plaza los hay que parecen cabras de importación. A la hora de preparar las mochilas encuentro a faltar los cordones y a la hora de dormir un poco más de espacio pero me consuelo pensando que hay alguno en peor situación que yo.
A cada hora hay falsas alarmas. A las siete, hora establecida por los dueños de la casa, suena la trompeta definitivamente. Nos levantamos. Alguien ya pide cordones mientras nos atamos las botas. Salimos hacia las ocho. Enfilamos la carretera del pueblo y hemos de saltar una valla. El camino va subiendo decorado con alguna que otra mierda de vaca. Más arriba las hierbas y los helechos parecen que esten pintados de blanco y los hay que incluso parece que lleven pendientes producidos por la helada. El Sol nos va tostando la espalda y nos hace girar para contemplar el Taga vestido con toga y sombrero blanco. Cuando se empieza a divisar el Puigmal éste ya está envuelto de nubes negruzcas que no me dan muy buena espina. En nuestra subida al Cerverís encontramos una vaca y un ternero que tienen el pelo un poco erizado (es su forma de protejerse ante el frío) y casi se dejan tocar. Desayunamos en unas rocas y paramos en un hito lugar en el que empieza la nieve. Pronto Pedro empieza a notar el cansancio y reduce notablemente su ritmo. Lo que no reduce son las nubes y la niebla que cuando llegamos al primer pico ya lo tapan todo. En el corto espacio que hay entre el Cerverís (2202 m) y el Prat (2166 m), y durante el tiempo que pasamos en este último, la niebla sube y baja sin cesar unas veces tapándolo todo y las otras dejando ver al Balandrau y al Torreneules. El viento va soplando y nos obliga a ponernos toda la ropa de abrigo. Son las diez y media y más por lo tarde que por el mal tiempo regresamos al igual que el resto de la gente que también ha subido hasta aquí.
Durante la bajada estamos muy optimistas. Incluso nos encontramos a unos que llevan la música encima de la mochila y nos preguntan si falta mucho para llegar al refugi del Serrat. Volvemos a ver más vacas y a un potro que nos quiere seguir. Llegando justo encima del pueblo nos encontramos a unos que van con las manos en los bolsillos. Ver tantos optimistas nos hace «rampellar» de no haber continuado la excursión hacia el Balandrau pero la decisión de regresar ya está tomada. El último trozo ya va otra vez de cordones … ¡Eh! que quiero decir que me tengo que abrochar otra vez los cordones de las botas. Llegamos a Pardinas a eso de las doce cuarenta y cinco.
Otra semana de aquellas extrañas: tiempo variable, calor, lluvia, nerviosismo, clima excitado. Es cuando uno tiene más ganas de ir a oir el viento y disfrutar de las alturas de nuestra tierra que los hombres a menudo no la tratan con el respeto que se merece. Decidimos salir: Peguera, Monastero, Tossal Bovinar … Aneto en un momento de inspiración. Un día clarísimo y soleado que ya alegra y da vida justo verlo por la ventana. Ayer al mediodía empezó a soplar un ligero viento que fue dispersando las nubes. Hoy reunión de profesores, despistes del oficio, retrasos. Miguel gana el récord de tiempo en ir de su casa al colegio. Joan ayer hacía mover los pies encima de los pedales olvidando muertos recientes y acompañados en mi sentimiento que han manchado de sangre la carretera pero conviene ponerse en forma.
A las doce y media salimos de Girona. Pasando bajo la Mare de Déu del Mont planeamos una salida para el jueves próximo. Pasamos por Capsacosta y en una hora y cuarenta minutos llegamos a Ribes de Freser: otro récord. El Puigmal todavía está enblanquecido y el hambre también habla a nuestros estómagos de igual forma que estos dias han hablado estos valles en contra de las máquinas y los intereses que se las quieren comer. Compramos una cassete y pilas al mismo tiempo que llenamos la bota con vino tarragonés. Por cierto que si el otro día nos la dejábamos en la cantina de Ribes hoy parece querer dejar alguna gota: también tiene hambre o sed. Deberá querer que la llenemos más a menudo.
A las tres menos cuarto salimos de Ribes y a las tres y media estamos en Bellver. La Molina está desierta. Escuchando «Tormenta» pensamos en lo adecuado que sería ponerla como música de la película del campamento del verano pasado. En la Masella hemos de retroceder un poco ya que una barrera corta la carretera que conduce a Alp. Nos vemos obligados a hacer un pequeño rodeo y menos mal que el paisaje y la música nos hacen olvidar las penalidades y la nieve nos alegra y dirije nuestra mirada hacia arriba y por encima de las fronteras que los hombres hemos trazado con nuestro afán de dominios.
En Martinet decidimos, condicionados por el tiempo, ir hacia Aransà en vez de ir a Espot. Por entre los árboles, que ensombrecen la carretera por uno y otro lado, enfrente contemplamos la serralada del Cadí con sus canales aún cubiertas de nieve con un maravilloso contraste de colores. Llegamos a Aransà cuando aún no son las cuatro y media. Ya no queda mucha nieve por las cumbres. La gente del hostal «Pas de la Pera» nos dicen que podemos subir en coche casi hasta el refugi dels Estanys de la Pera. La carretera está pasable. En un prado hay unos cuantos caballos. En el refugio, que hay a medio camino, hay una pareja de guardias civiles que no tienen humor ni de hacernos un gesto para que paremos. Así que nosotros seguimos hacia arriba sin pararnos pensando que hay que alegrarse tanto de las penas como de las glorias y que las manzanas agrias no apetecen a nadie. Antes de empezar las últimas curvas bajamos PK y yo y subimos caminando hacia el refugio. El particular está cerrado porque el guarda está en Barcelona. En el libre hay lugar justo para los cuatro.
No hace nada de frío. Después de ir a buscar las cosas al coche calentamos la sopa y hacemos la cena en una de las mesas de piedra que se encuentran delante del refugio. Todavía no hemos terminado de cenar que llega un Land-Rover con cuatro guardias civiles equipados con ametralladoras, pistolas y radio-trasmisores y nos hacen un rápido despliegue policial. Una vez entendemos que hablando no se entiende la gente los convidamos a vino tarragonés. Piensan que somos buena gente aunque no se fian del todo. Al fin y al cabo tenemos la frontera a cuatro pasos (veinte minutos a pie) y cuesta poco cruzarla. Finalmente se van recomendándonos encarecidamente que mañana al bajar los visitemos. Encendemos el fuego, calentamos la leche con el poco butano que nos queda y hacemos una tertulia alrededor del fuego: escándalos, sinvergüenzas, gente con nariz, enseñanza, música para poner a la película, tema de la película, idea de proyectarla a los familiares, etc. Fuera del refugio vemos un valle estrellado de lado a lado: el carro, el carrito, la polar y un ligero vientecito. Son poco más de las once cuando nos vamos a dormir.
A las dos se oyen voces. Abren la puerta. Quieren dormir. Son cuatro excursionistas que dicen que quieren ir al Nepal pero resulta que no saben funcionar por nuestro país.
A las seis suena el despertador. Una ligera nube tapa la zona del Cadí. Una luna en cuarto menguante ilumina el firmamento. Nos acabamos de beber la leche. A las seis y media empezamos a andar. En una hora y diez minumos nos presentamos a la Tosseta de la Caülla (2836 m). El Cadí ya se ha despejado y nos aparece majestuoso. En realidad todo el Pirineo nos aparece clarísimo: Posets, Aneto, Maladeta, Besiberris, Peguera, Pica Roja, Pica d’Estats, Monteixo, Pic de la Serrera, Pic d’Ascobes, el cercle dels Pesons, la cresta de Gargantilla, etc. Los valles de Andorra son suaves y verdes. Dejamos las mochilas y nos llegamos siguiendo la cresta hasta el Tossal Bovinar (2835 m). Antes de llegar me cae la máquina de fotografiar. Debajo el estany de Citut con el pico del mismo nombre al lado. Ahora llegamos hasta la otra cumbre del mismo tossal con tanta mala suerte que piso el pie de PK. Está todo despejado menos una especie de niebla que hay por la zona de la Molina. Regresamos atrás por el mismo camino hasta la Tosseta de Caülla. Allá hacemos una limonada completa.
Decidimos hacer toda la cresta que desde el lugar en el que estamos llega hasta el coll de Vista. No tiene ninguna dificultad. Por el lado andorrano bajan largas e inclinadas losas de piedra. El piolet estorba más que ser de alguna utilidad. La recortada cresta con la nieve del cercle de Pessons debajo hacen un buen contraste. Suben coches por la pista de los estanys de la Pera medio congelados pero aquí arriba la paz es inmensa y el viento no es nada frío. Ahora parece que Andorra la Vella y Les Escaldes están más cerca. Estamos en la frontera. Si no fuera por los palos que nos vamos encontrando de vez en cuando no nos acordaríamos que a un lado y a otro tenemos la misma historia y este vínculo no se romperá nunca si no es por el orgullo de los hombres. Bajamos al refugio. Hemos culminado doce cumbres y ahora bajamos hacia nuestra tierra. Hacia los valles oscuros de la tierra baja. Llegamos al refugio a las doce y media. Comemos en Aransà. Cuando pasamos por la collada de Tosses recordamos tempestades pasadas con fortuna y la prudencia que hay que tener si se quiere ir por las montañas y los valles en la aventura diaria de la vida. Pasamos por Vallfogona y antes de las siete llegamos a Banyoles.
Semana llena de trabajo y exámenes pero de días maravillosos y noches frías. Nada puede impedir algo cuando se desea de veras, cuando se quiere ir a la montaña de verdad. Así como ni MP, ni Josep Ma., ni Paco G., ni PK, ni yo mismo hemos estado nunca en el Puigmal decidimos subirlo a pesar de todas las adversidades.
Para ir a Nuria hay que coger el cremallera o las piernas. Descartada la primera posibilidad por los retrasos y producto de las numerosas curvas de las carreteras de la provincia de Girona, que son los mareos de Miguel y Josep Ma, decidimos subir andando. Dado que casi oscurece, finalmente, nos esperamos en la estación de Queralbs con el objeto de coger el último cremallera. Llega casi una hora más tarde. Mientras esperamos hacemos la sopa pasando la mano por la cara a una chica que, posiblemente por el hambre, se ha dado cuenta que el agua ya hervía y que debíamos tirar ya los polvos. Ya aquí empezaremos a ver que los «xavas» tienen mucho de «flatus vocis» y pocas obras.
Llega el primer cremallera: sólo se puede subir al primer vagón y debemos esperar al segundo. De la gente que se espera hay de todos tipos. Predominan los barbudos y, en cuanto al equipaje, hay quienes llevan esquís, esquís cortos, piolet, bastón o incluso quien no lleva nada. Eso sí: todo el mundo lleva más ganas de hablar que dormir. Llega el segundo cremallera y podemos subir los cinco, entre empujones, a un mismo vagón aunque deberemos hacer el viaje de pie. Cuando se acerca el cobrador hemos de retirar las mochilas para, una vez ha pasado al siguiente vagón, volverlas a dejar en el mismo sitio. Crece la impaciencia. Los «xavas» ven candelas de hielo y nieve y sólo miran cómo se lo pueden hacer para cogerlas. De vez en cuando una señora logra estirar una candela y luego se la pasan, de unos a otros, como si fuera un gatito (por cierto una niña llevaba uno de felpa que incluso lo acariciaba). Otro impaciente abre la puerta y se divierte pasando el pie por la nieve: parece que no deja marca. Por fin cruzamos el último túnel y aparece el valle de Nuria nevado y desnudo. Nos apresuramos a bajar del tren para ir a buscar sitio al refugio a la carrera.
Siguiendo a los que han bajado antes que yo llego al primer refugio que encuentro. Antes de dormir, o de pretenderlo, hay que pagar porque me parece que sino nadie pagaría. Imagínatelo, si pagando para dormir, y por anticipado, ya hay quien no duerme en toda la noche: si no cobran por anticipado ya seguro que nadie dormiría. En el refugio hay 25 «xavas» que piensan subir al Puigmal o al Infierno y nosotros. Hay una estufa que calienta bastante, tres pisos de literas, dos mesas con sus respectivos bancos y un par de taburetes. Extendemos los sacos y vamos al bar.
Decidido y descarado el camarero no nos hace esperar y nos apaga pronto la sed. Con cuatro gritos se acercan las bebidas volando o rodando por el mostrador. El panorama del bar tiene mucho amarillo y rojo. Quiero decir que hasta hace bien poco llevar tirantes o elásticos era pasado de moda y ahora ya resulta que no lo es y, sobretodo, si éstos forman la bandera catalana. Esto también son «flatus vocis» o apariencias puesto que de patriotas lo tienen muy poco o nada dado que para criticar ya se sabe que son muy buenos y para ensuciar con sus palabras o papeles todavía lo son más.
Volvemos al refugio. Es una delícia contemplar el valle desde el lago helado que gracias a personas que son más patriotas, que de los que criticábamos anteriormente, hoy no cubre todo lo que es la explanada del Santuario.
Antes de acostarnos preparamos las mochilas y tres catimploras con limonada, naranjada y leche que nos irán muy bien. Lo que no nos irá tan bien es lo del dormir.
Después de suplicar, buena parte de los que pretendíamos dormir, el silencio y que apagaran la luz un buen corazón la apaga, hecho que deberá repetir tres o cuatro veces más ya que una vez la luz estaba apagada al poco la volvían a encender. Aún y con la luz apagada el diálogo continuaba si bien se limitaba a unos círculos más reducidos y sin conexión. Una de las múltiples súplicas de silencio fue por una causa muy sugestiva: «¡por las barbas de San Juan!» y la carcajada conectó, de nuevo, los diálogos que se entonaron más vacíos y sensuales que hasta el momento. Los de nuestro lado izquierdo trataron, equivocadamente, de «valencianets» a los de la otra parte del refugio. Cerraron la boca pero no tardaron en repetirlo sensualizado. La respuesta no se hizo esperar con un «-¿fal.là galego?-» pero resulta que hablan catalán como ellos y más valdría que no lo hablen para ensuciarlo como lo hacen.
Entre las múltiples cosas, de todos tipos, que han pasado esta noche merece señalar que unos la han aprovechado para escalar la pared de la iglesia y los del compartimento contiguo después de hacer durante bastante rato de coro a una guitarra han hecho de coro al diálogo puesto que no han parado en toda la noche.
A las tres salía un servidor al lavabo y contemplar el cielo, más estrellado que nunca, y al cabo de dos horas estaba desvelado otra vez. A las seis menos cuarto se levantan nuestros vecinos por lo que nosotros también adelantamos nuestra salida. Con cuatro zancadas subimos, con nieve dura, hasta el Collet Verd. Allí presenciamos la salida del Sol y comemos alguna cosa. Después continuamos por la Coma de l’Embut. La nieve es dura. Cruzamos el río dos veces. Se ve el río aunque cubierto de nieve. También se ve detrás nuestro como vienen dos grupos más. Un poco más arriba nos apercatamos que hay una tienda plantada sobre la nieve. Salen cuando pasamos nosotros por allí. Llegamos hasta el pluviómetro. Aquí, una vez más, se ve la incultura y la falta de educación de mucha gente: hay un agujero bastante grande hecho con un golpe de piolet además de estar envuelto de firmas que muestran el afán de los excursionistas de dejar un rastro por allí por donde pasan. Medio cubierta por la nieve hay una cruz último recuerdo de alguna víctima anónima de la montaña. Mirando atrás ya se dominan los valles del Nou Creus, Nou Fonts, Eina y Finestrelles.
A Paco le empieza a doler una pierna debido a que ayer en la estación tropezó con un escalón. Es por ello que debemos subir muy despacio parando amenudo y descansando. Menos mal que llevamos la limonada y podemos beber un poco al mismo tiempo que hacemos algunas fotografías al Pic del Segre. Ya se empieza a vislumbrar la Cerdanya. A pesar de todo llegamos al Puigmal antes que muchos otros que han subido por lo recto y no les hace daño la pierna. Nosotros hemos seguido las marcas de los crampones de Josep Ma. que también, a veces, se enfilan por lo derecho. Unos han tardado tres horas y tres cuartos para subir y nosotros cuatro horas y cuarto contándolo todo.
La vista es maravillosa a pesar de que no se divisen las montañas de Lleida aunque sí todas las de Girona: Taga, Balandrau, Gra de Fajol, Bastiments, Costabona, Infern, Torreneules, y, Nou Creus, Nou Fonts, Pic d’Eina, Torre d’Eina, Finestrelles, Pic del Segre, es decir, toda l’olla de Nuria. A parte, el Canigó, el Carlit, el Puigpedrós, la Tossa Plana de Llés, Pic de la Muga, cercle d’En Valira, el recortado macizo del Cadí, el Pedraforca, la vall de la Molina con la carretera blanqueada, etc. Todo una ristra de preciosidades que si nos hubiéramos quedado en el refugio, como muchos, ahora no veríamos si vale la pena cansarse un poco. Incluso a Paco por unos momentos no le hace daño la pierna y podemos hacer algunas fotografías.
Es tarde y debemos bajar. Ahora la nieve está blanda y de vez en cuando te hundes. Hace un Sol que quema y hay que quitarse el jersey. Los de la tienda ya la han doblado y nos adelantan. Resbalo en una ocasión. Paco tiene sed y se queda atrás. Cuando llego al collado, desde donde hace bien poco me habían gritado mis amigos, oigo tocar las campanas. En diez minutos llego a Nuria.
PK y Paco bajan en el cremallera mientras los demás lo hacemos a pie por la vía. Los túneles son un poco oscuros pero lo más destacable que hay son las cascadas de hielo como la de Fontalba. Pero los hombres somos un poco despistados y después de preparar la máquina para la foto la cierro sin disparar. Comemos y en un poco más de una hora llegamos a Queralbs. Nos cambiamos y bajamos a comer a Capdevànol desde donde se ve el Puigmal que lo hemos subido un 29 de febrero de 1976 cosa imposible de repetir hasta el año 1980: ¡vale la pena!